Sería suicidio renegociar el TLCAN

Juan Campos Vega

El gobierno de Estados Unidos impuso el tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), para competir con los bloques comerciales europeo y asiático. El gobierno salinista, servidor de los intereses imperialistas, enlistó los resultados positivos que podríamos esperar del TLCAN.
Ahora, el inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, pretende renegociar el TLCAN para obtener mayores beneficios; argumenta que su país no seguirá permitiendo que otras naciones saquen ventajas a costa de su economía, y que si no consiguen su propósito, abandonarán el tratado.
Durante 23 años de vigencia del TLCAN, el campo mexicano, incapaz de competir con los productores agropecuarios de Estados Unidos y Canadá, dejó de ser un productor y exportador, entre otros granos, de maíz, arroz, trigo y soya, para convertirse en importador de gran parte de los granos que consume, así como de carne y de otros productos para la alimentación, y en expulsor de mano de obra rural.
Como México exporta más de lo que importa de Estados Unidos, Trump argumenta que se beneficia del intercambio comercial. Pero, no menciona que las empresas exportadoras, automotrices, de autopartes, mineras, bancarias, comerciales, de energía, petroleras, etc., en su mayoría extranjeras y muchas estadounidenses, son las que se benefician, explotando los recursos naturales del país y la mano de obra barata de sus habitantes; además, envían sus ganancias a sus países de origen.
Las consecuencias han sido desastrosas para las empresas mexicanas micro, pequeñas y medianas —que son las que generan el mayor número de empleos—, porque no están en condiciones de competir exitosamente, con las filiales de los monopolios extranjeros.
Los campesinos pobres: ejidatarios y comuneros, han sido abandonados por los gobiernos neoliberales, carecen de créditos, asesoría, fertilizantes a precios accesibles, y apoyo para la comercialización de sus productos que antes les proporcionaba el Estado; solo algunas actividades agropecuarias son rentables y están en manos de propietarios privados. Ahora, son mayoritariamente empresas extranjeras como Bayer, Monsanto y otras, las que se benefician de la explotación del campo del país.
En cuanto a las promesas de Salinas, habría que considerar lo siguiente:
—Dijo que habría crecimiento sostenido de la economía nacional. Pero, los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), permiten comparar diversas etapas de crecimiento económico de México. De 1960 a 1982 creció en promedio anual 6.43%; y en los años de vigencia del TLCAN, solo 2.57%.
—Aseguró que no permitirían el establecimiento de actividades contaminantes. Pero, las mineras mayoritariamente canadienses, contaminan el medio ambiente y son grandes consumidoras de agua, y también contaminan empresas petroquímicas, de la industria automotriz —la totalidad de ellas extrajeras—, y otras que llegaron con el TLCAN.
—Prometió que México no sería proveedor de mano de obra barata, que habría más empleos estables, más productivos, mejor remunerados, y aumento sostenido y generalizado de los ingresos reales de los trabajadores. Pero, el salario real se ha depreciado durante el TLCAN, 17.6%, de los 54 millones de personas que en 2016, formaban la población económicamente activa (PEA), estaban ocupadas 52.1 millones, subocupadas 3.7, y desocupadas 1.9; Tenía acceso a la salud y contratos escritos de trabajo 32.7 millones, 63%. Había 29.8 millones (57.2%) con empleo informal, y dos de cada tres trabajadores solo gana hasta tres salarios mínimos.
Ante esos negativos resultados y las dramáticas condiciones de pobreza y miseria en que vive la mayoría de los mexicanos, sería suicidio renegociar el TLCAN con el gobierno de Trump. Lo que México debe hacer, es diversificar su comercio exterior con todos los países del mundo, en particular con los latinoamericanos, para no seguir atando su destino a la decrépita economía estadounidense.

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